Maipú y Roma, Olivos. Jueves 14 al mediodía. Dionisio Vargas está echado en la vereda desde hace 48 horas. Parece un animal herido, sucio y abandonado. Su cuerpo pesado descansa sobre algunas mantas húmedas, como su pantalón. Tiene la mirada turbia, dos botellas de jugo y una bolsa de bizcochos de grasa. La mayoría de la gente pasa sin registrarlo, como quien esquiva un bulto a una bolsa de consorcio.

Años atrás, antes de quedar en situación de calle, Dionisio trabajó cortando el pasto en los jardines de familias acomodadas, y reforzaba sus ingresos con venta callejera. Tal vez de niño soñaba con ser jugador de fútbol, bombero o maestro de escuela. Hoy sólo recuerda que hace muchos años que “perdió” a su familia y no sabe exactamente en qué momento dejó de ser un laburante para convertirse en indigente.

A pocos metros, estacionado sobre la avenida, un patrullero aguardaba desde el día anterior la llega de un asistente social de la Municipalidad de Vicente López. “Dicen que recién mañana podrán enviar un móvil” para trasladarlo a un centro para personas en situación de calle, explica el policía. ¿Tendrá que pasar un día más en esas condiciones? Los vecinos se indignan. El oficial explicó que no está facultado para trasladarlo en el móvil policial. Algunos comerciantes le sugieren que lo lleve a la comisaría, como si ser pobre fuera sinónimo de delincuencia.

Una vecina se acerca y se inclina para hablarle. Le pregunta el nombre, y le ofrece trasladarlo en su camioneta a un hogar de tránsito, donde se podrá bañar y cambiar. El hombre accede, mansamente. Parece tranquilo, dócil, resignado. La mujer le tiende una mano y el rostro de Dionisio no oculta su vergüenza. Se siente humillado por el olor que aflora de su ropa sucia. Lo lleva hasta la Posada Hogar de Tránsito Cura Brochero, ubicada en Malaver 1745. Al llegar, abre la puerta Emilio Medina, el coordinador. Los voluntarios salen a recibir a Dionisio y le preparan un baño caliente. Le ofrecen ropa limpia y abrigada, y unos mates calentitos para aliviar la tristeza. El encargado de bañarlo se descompuso al ver el estado del recién llegado; su cuerpo estaba lleno de sarna y costras; tenía un pañal sucio adherido a la piel, desde hace varios días, tal vez semanas. Le explican que en esas condiciones no se puede quedar a dormir allí. Le dicen que deberá ir al Hospital Vicente López, donde ingresó en otras oportunidades. Necesita asistencia médica y psicológica. Dionisio asiente en silencio, toma una mate más, y vuelve a la calle, reconfortado por el baño y la extraña sensación de tener la ropa limpia, seca y abrigada.

Anoche debe haber estado deambulando por Olivos, en busca de otra esquina donde tirar su cuerpo castigado. Tal vez soñó con esos mates calentitos que le ofrecieron en la posada, y con esa mano amiga que le recordó que su dignidad estaba intacta.

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Posada

En la Posada Hogar Cura Brochero todas las mañanas reciben a 70 personas en situación de calle, les ofrecen una ducha caliente y un desayuno fuerte para empezar el día con energías. Además, desde hace 13 años ofrecen techo a 20 hombres rescatados de la calle. Los recursos son pocos, pero nadie se queda con hambre. La crisis se nota. Muchas veces los voluntarios deben sacar plata de sus bolsillos para comprar un poco más de pan.

Fuente: Victoria Álvarez Benuzzi – La Nación

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