En un galpón de chapa y durlock de la zona norte del conurbano bonaerense, un hombre de manos macizas, por las que pasaron los cuerpos de presidentes, músicos, conductores de televisión y jueces de la Corte Suprema, se enfrenta a la fuerza devastadora de la naturaleza. Con inyecciones de líquidos conservantes retrasa ese proceso prolijo y casi burocrático que es la descomposición de un cuerpo humano. En Argentina, la conservación temporal y embellecimiento de cadáveres es más común de lo que parece: borrar la muerte del cuerpo de un ser querido cuesta mucho menos que un IPhone.
Fuente: Télam
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