domingo, agosto 1, 2021
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Quiero un seguro CONTRA mi hogar

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Si uno prende la tele, juega en el celu, entra a internet, escucha radio, mira YouTube o si lo llaman desde un “número privado” existe un 425,54% de chances de que alguien esté tratando de venderle un seguro.

Y a mí me gustaría contratar un seguro, pero ninguna compañía me lo vende, porque yo quiero un seguro CONTRA MI HOGAR.

Si. Quiero un seguro CONTRA MI HOGAR porque mi casa es el lugar más peligroso del mundo. (y también lo es la suya, pero se lo digo bajito para no asustarlo, sobre todo si es hipo-seguro-condríaco).


Es fácil de comprobar. La otra noche, dormido a las 4 de la mañana, me llevé por delante el marco de una puerta. Y me lo llevé por delante con la cabeza. Creo que una piña de Mike Tyson debe doler menos. Un mordiscón incluso. Y ahí me dije: ¿por qué no hacen los marcos de las puertas redondeados? No. Son bien filosos y más peligrosos que tos sin barbijo en lugar cerrado. 
Y me fui a poner hielo en el bocho a la cocina.

Y medio abombado por el golpe y todo me di cuenta: ¡La cocina! Un espacio donde conviven, además de cuchillos y objetos cortantes, de frascos y vasos de vidrio, el aparato cocina y el calefón que son equipos que funcionan ¡a gas!

Y uno vive pendiente: “Viejo… ¿vos sentís el olor a gas?” “No, pero esperá que prendo un fósforo a ver si no hay pérdidas”. No sólo hay gas. También hay planchas calientes, agua hirviendo, y una mandarina sobre la mesada que nos tienta a comerla a pesar de que sabemos que está allí hace al menos… un invierno.

Y hay más: cafeteras, jugueras, tostadoras eléctricas y todo a menos de un metro de distancia de una pileta donde corre y salpica agua, que fría o caliente, en contacto con 220 volts te dará la oportunidad de saber si el disyuntor es tan útil como dicen. 
¿Y la heladera que abrimos con las manos mojadas? Algunos le ponen un cacho de alambre que atan a la canilla como cable a tierra. Ahí ya no se sabe qué es más peligroso: si abrir la heladera, abrir la canilla o meter la cabeza adentro del horno.

Resumiendo: tenés en un ambiente reducido elementos cortantes, quemantes, electrocutantes, explotantes y potencialmente intoxicantes. Al lado de tu cocina, el Bronx durante un apagón es un lugar de veraneo.  
Agua y electricidad, fuego y gas, monóxido de carbono… solo falta un pangolín de mascota y estamos todos para poner los fideos.

Más pruebas: llegan niños al hogar y hay que tapar todos los enchufes, enseñarle que no meta los dedos en los agujeritos, que no toque el fuego de la estufa, que no se acerque al horno, que no se balancee en el balcón, que no se coma el helecho ni se meta en el inodoro de cabeza ni que le arranque los dientes al abuelo.

¿Y el baño? Con esas bañaderas tan resbalosas que son un peligro hasta para el coreógrafo de Holiday on Ice. Y esas alfombras de goma con supuestas sopapas que tienen menos adherencia que curita berreta de subte. Y ahí vamos a bañarnos… ¡con jabón! Jabón + bañadera = blooper + ambulancia.

Pero ojo: como somos los seres inteligentes del planeta, en el baño nos secamos el pelo con un secador… ¡eléctrico! que es como que el veterinario se ponga una capa roja y la sacuda cuando tiene que curar a un toro miura.

Y como nos sentimos seguros, le damos: enceramos los pisos y andamos en medias, enchufamos 30 aparatos en una zapatilla de apenas 4 enchufes, tenemos muebles cuyas patas nos destruyen los dedos chiquitos de los pies cada vez que nos los llevamos por delante, dejamos hervir la leche y se apaga la hornalla, la ventilación cruzada revienta las ventanas de vidrio…

Y así vamos por la vida, quemándonos con el aceite que salpica de la sartén, con el vapor que sale de la olla de la sopa, agarrándonos los dedos con las puertas y las ventanas, cortándonos con cuchillos desafilados que más que cortar el tomate lo aplastan, clavándonos por andar descalzos en la cocina donde aún pululan por el piso astillas de un vaso que se rompió hace dos meses…

Y cada vez que sufrimos un accidente hogareño, un microsegundo después de insultar en cuatro idiomas, nos damos la respuesta a nuestra condición humana con una simple pregunta retórica: ¿cómo puedo ser tan… “tonto”, pero con ludo?

Y ahora los dejo. Creo que voy a mudarme al Amazonas. Así con lo puesto…


Fuente: Télam

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